Llegué a tu casa a la hora que me lo pediste, a las nueve de la noche. Para esa hora, tus papás estarían ya en la boda de tu primo y tú y tu hermana estarían solas en casa, al menos hasta las cinco de la mañana. Tus papás eran de carrera larga en las fiestas, tu mamá odiaba salir y regresar temprano, por lo que no le preocupaba en lo más mínimo que su pequeña de quince añitos cuidara una o dos noches al mes a su hermana de doce.
A mis 20 años, no debía ya estar explicando a dónde iba y con quién estaba. Había labrado la confianza de mis padres durante muchísimo tiempo, el suficiente para poder traicionarla sin evidencias. Llamé, dije que me quedaría a dormir con un amigo y que regresaría hasta la tarde del día siguiente; no hubo cuestionamientos, no hubo dudas.
Timbré. La calle estaba oscura, húmeda, cálida, sola. Muy sola. Tardaste en abrir la puerta un aproximado de cuatro minutos que yo sentí como doce horas.
Cuando lo hiciste, casi dejo caer el aguilón de hojas blancas y los carboncillos que llevaba. Sonreiste y me cerraste la boca con el dedo índice, diciendo "shhh" y señalando con tus ojos la planta alta de la casa, en señal clara de que tu hermana ya estaba dormida y que guardara silencio. No podía hablar, aunque lo hubiera querido. Solo podía intentar balbucear cosas sin sentido, tu sonreías aun más y hacías gestos de que te acompañara a tu recámara.
A tu escasa edad, eras una niña inocente, dulce e ingenua, o al menos eso creía la gente, la verdad era que también eras una mujer explosiva, llena de artimañas de seducción, de coquetería, de estrategias infalibles para encender mi piel, mi mente, mi cuerpo. Tenías apenas la edad suficiente para tener tu primer novio, y aún así, ahí estabas, frente a mi, en una casa prácticamente sola y en ropa ligera.
Sentía mi sangre martillar a golpes mis tímpanos, mi corazón era lo único que se escuchaba en tu cuarto, mis latidos y el 'clic' del seguro que pusiste en la puerta. Te recargaste en la puerta, bajaste la cabeza, me miraste con firmeza y yo no podía moverme. No sabía si era por tus piernas descubiertas, por tu mirada penetrante, por tu perversa sonrisa o por el hecho de que sólo llevabas puesta una minúscula batita azul celeste con la que me habías pedido hacía ya una semana que te dibujara.
Me senté en una silla, prácticamente me desplomé, tu te recostaste boca abajo en la cama individual. Alzaste tus piernas hasta que tu talón tocó tu glúteo, la otra la dejaste suspendida en el aire. no dejabas nunca de observarme fijamente, tus manos acomodaban tu cabello. Sonreíste cuando desataste el cinturón de la ligera prenda que te cubría, descubriste tu espalda. No llevabas ropa alguna debajo. Tu cabello caía sobre tu espalda lisa, perfecta, casi como un durazno. Recuerdo que pensé si sería piel o sería cerámica. Y cómo sabría.
Giraste tu cuerpo sobre la cama sin dejar de mirarme, los nervios te arrancaban las sonrisas tímidas que alcanzabas a esbozar, retiraste la bata y me dejaste ver tus senos pequeños, tus poderosos muslos, el juguetón mechón de cabellos castaños en tu entrepierna, tu delicado vientre de ave, tus hombros de muñeca. Tus mejillas alcanzaron un extraño carmín que nunca más se desvaneció.
Me dijiste que comenzara o no íbamos a poder deternernos y que tú querías ese dibujo, "señorito", pusiste tus dos manos en tu nuca, acomodaste tu cabello, te pusiste aquél collar de cristal que te regalé al conocerte, y sin nada más que ese bello collar y tu femineidad, dejaste de moverte. Y al mismo tiempo, yo comencé a mover el lápiz.
"¿Quieres saber lo que estoy dibujando?", te pregunté. No respondiste, pero tus labios se enrojecieron, tus ojos brillaron más y tu piel se erizó un instante. Dibujé. Me mirabas. Me dijiste que te causaba mucha gracias el hecho de que parecíamos los dos protagonistas del Titanic, sabías que odiaba la comparación porque detesto la película, sonreí con ironía y seguí dibujando. Me mirabas. Me dijiste que tenías frío, sin levantar la mirada del papel te dije que casi terminaba, después, me pasé media hora pensando en si ese "tengo frío" implicaba que me apresurara para estar contigo o si solamente querías una cobija. Dibujé. Me mirabas.
Terminé, me pediste que me sentara a tu lado para mostrarte el resultado, tomaste la hoja y tu sonrisa se hizo inmensa, te encantó, yo me reí por lo absurdo de la situación: tú observabas tu cuerpo desnudo en carbón y yo detallaba tu cuerpo real, suave y caliente, junto a mí. Me dijiste "gracias..." y dejaste la hoja a un lado, me clavaste los ojos, entreabriste la boca, no se si conscientemente o no, te hundiste en la almohada, tus manos tomaron la mía y la llevaron a tu corazón.
Por instinto te besé, sentí la manera tan abrupta en que arranqué tu aliento, la respiración se te cortó, temblaste con vehemencia y me pegaste a tu cuerpo frágil, aún desnudo, cálido, turgente, perfecto. Apagué la luz de la lámpara, te dije que te veías hermosa bajo la luz de la luna y tú desviaste la mirada mientras sonreías, pusiste tu pierna derecha alrededor de mi, acariciaste con tu planta mi espalda y me besaste de nuevo.
Y de ahí, el recuerdo se vuelve nubloso y se ha perdido con los años, solo recuerdo perfectamente la brisa de Abril recorriendo mi espalda, los lápices en el piso totalmente desperdigados junto a mis pantalones, el rubor candente de tus labios y de tus mejillas, la sensación de tu cobija en mi espalda y de tus senos en mi rostro, tus ahogados gemidos y tu inocencia volando por la ventana, fundiendose con las estrellas de verano para no volver jamás.
Por supuesto, también recuerdo mi despedida, con un beso a las diez de la mañana, pasando en silencio frente a la recámara de tus padres para salir a esa misma calle, bañada de luz de sol, mientras desde tu ventana agitabas débilmente tu mano con una enorme sonrisa y con la certeza de que tus padres jamás supieron que aquella noche dejaron a su pequeña para encontrarse con el destino y volverse un poco más mujer.
jueves, 26 de noviembre de 2009
lunes, 9 de noviembre de 2009
Por que sí
Mi nombre es Vanessa y soy la piel que recorre ese cuerpo. Soy yo los poros que salivan deseo. Soy yo, Vanessa, el cuerpo desgarrado por sus manos, por vuestras, por esas, por aquellas manos. Esa lengua que lame mis labios, esos dientes que muerden mi boca, esos ojos que guardan mi cuerpo, esa espalda...
...a ellos dedico este mundillo de palabras que somos nosotros.
Bástese, también, mi nombre y mi oficio: mujer.
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